Nuestro blog: Siguiendo a Emily Dickinson

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Si vinieras en Otoño

La relación de Emily y Susan supera en profundidad, pasión y continuidad los estereotipos de su época y de la nuestra: esa visión decimonónica de la “poetisa” como una mujer delicada y torturada vestida de blanco virginal, recluida del mundo y de la vida. Y también esa visión de las relaciones íntimas entre mujeres como un amor puramente romántico, adolescente y asexual.

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En el poema nº 356 expresa de forma magistral el alcance de este amor en cinco estrofas que desgranan la cadencia del tiempo: una estación –el otoño-, el año entero, los siglos y más allá, la eternidad. Al mismo tiempo que la urgencia del presente y el deseo de encontrarse con la persona amada.

El otoño que también puede entenderse como el final de sus vidas; y por el que la poeta está dispuesta a renunciar al momento álgido que representaría el verano:

Si tú vinieras en Otoño,

Yo barrería el Verano

Con mitad sonrisa, y mitad desdén,

Como las Amas de Casa, con una Mosca.

Un año entero no es mucho tiempo para devanar la espera:

Si pudiera verte dentro de un año,

Devanaría los meses en ovillos –

Y los pondría en Cajones separados,

Por temor a confundir los números –

Y aunque se convirtieran en siglos y la llevaran al otro extremo del mundo (la Tierra de Van Dieman es el primer nombre que los europeos dieron a la isla de Tasmania), la distancia sigue siendo manejable:

Si solo Siglos, te retrasaras,

Los contaría con mi Mano,

Restando, hasta que mis manos cayeran

En la Tierra de Van Dieman.

Pero aparece la duda, y también la reivindicación. La ambigüedad tantas veces presente en sus poemas da lugar a varias lecturas: puede referirse a las convenciones que no les permitían ser dueñas de sus propias vidas; o a otra vida juntas, más allá del tiempo.

Si estuviera segura, de cuándo terminará esta vida –

Que tuya y mía, debería ser –

La arrojaría lejos, como una Cáscara,

Y cogería la Eternidad –

Al final, la incertidumbre y la urgencia: no puede haber certeza, y mientras la vida presente “aguijonea”, por el deseo incumplido y porque la vida cotidiana requiere ser atendida. Como tantas otras veces, Emily Dickinson recurre a un elemento simbólico (la abeja) para cerrar el poema, un juego poético que vela el significado inmediato.

Pero, ahora, incierta la duración,

De esta, que está en medio,

Ella me aguijonea, como la Abeja Duende –

Que no declarará – su picadura.

If you were coming in the Fall, / I’d brush the Summer by / With half a smile, and half a spurn, / As Housewives do, a Fly.//

If I could see you in a year, / I’d wind the months in balls – / And put them each in separate Drawers, / For fear the numbers fuse –//

If only Centuries, delayed, / I’d count them on my Hand, / Subtracting, till my fingers dropped / Into Van Dieman’s Land.//

If certain, when this life was out – / That your’s and mine, should be – / I’d toss it yonder, like a Rind, / And take Eternity – //

But, now, uncertain of the length / Of this, that is between, / It goads me, like the Goblin Bee – / That will not state – it’s sting.

En las próximas entradas seguiremos desentrañando la falsa imagen de la artista recluida.